Europa quebradiza y afligida

Por Agustín Remesal. Periodista

De repente, como si la desgracia colectiva condujera a un tiempo pasado de reconstrucción y penurias, Europa se ha convertido en tierra de encuentros y misiones diplomáticas. Los líderes políticos de la Unión Europea, desnortada y asustadiza, se mueven de urgencia entre las capitales del norte frugal y el sur derrochón con el fin de acordar la ruta hacia una nueva prosperidad.

Se abrieron las fronteras hace tres semanas y la policía observa amablemente, sin arancel ni inspección, el tránsito de turistas que buscan en territorio extranjero la libertad perdida durante su largo confinamiento, del que van perdiendo memoria. Es el reencuentro gozoso de la ciudadanía en la Europa de Shenghen abierta en canal, el rescate del placer de viajar y la comparación de los hábitos cotidianos a que obligó la maldita pandemia: si la gente usa mascarilla por la calle, si los museos se han abierto o los restaurantes alejan más la mesas, si se celebra algún festival o se ha llenado de excursionistas la montaña y la playa de bañistas… En esa exploración urgente, el viajero concluye que aquí como allá rigen las mismas normas de riesgo sanitario y similares hábitos para evitar el temido contagio. 

Los viajes trascendentales en estos días entre Madrid y La Haya o Lisboa y Berlín son, sin embargo, de carácter político, de negociación. Los dirigentes de cada país están recorriendo sin descanso esos trayectos para poner en orden el calendario y negociar la Nueva Prosperidad, enredado conflicto europeo de ambiciones y deseos que permitirá el reparto de créditos y ayudas más voluminoso en la historia del continente. El Plan Marshall derramó en la Europa derruida tras la II Guerra Mundial un caudal de 129.000 millones de dólares; el Banco Central Europeo tiene previsto repartir en los próximo cuatro años entre sus socios más de 750.000 millones de euros.

En la Unión Europea, quebrantada por la mortandad y la destrucción de una pandemia, vuelve a latir el mismo deseo de solidaridad que en los países destrozados por los bombardeos. La gran diferencia es que esa ayuda para superar la crisis económica no viene dictada ahora por el poderío económico y militar de Estados Unidos, sino que surge de esta Europa próspera y unida. El coste y la gestión de la reconstrucción económica se acuerdan a marchas forzadas en Bruselas y Frankfurt, bajo el alto liderazgo de una Alemania cuya canciller Angela Merkel ha cifrado la fórmula del compromiso, la cohesión y la solidaridad para resolver la crisis económica más importante del viejo continente desde la fundación de la Comunidad Europea, hace casi setenta años.

Como siempre sucede, los símbolos resucitan en las encrucijadas de la historia para dar perspectiva a los desafíos políticos. Cerca de donde escribo este artículo, en la Base Aérea del ejército francés en Cognac, han aterrizado medio centenar de helicópteros de ataque AH-64 Apache, fácilmente reconocibles por su color negro metalizado. No se trata de otra invasión del continente ordenada por el “Tío Sam”, que aún recuerdan aquí con nostalgia quienes soportaron la vergüenza de la ocupación nazi. Ese pertrecho aéreo y otros 500 vehículos militares, que han librado guerras en Irak y Afganistán, vienen a esta tierra de viñedos infinitos para participar en la operación “Mosquetero” destinada a medir la capacidad operativa de la OTAN, desde el Atlántico y el Mediterráneo hasta la frontera polaca con Rusia.

Han cambiado los signos de los tiempos en aquella Europa desde su última guerra, que derrotó al nazismo y cerró fronteras a este frente a la amenaza soviética. El Plan Marshall levantó el bastión económico que habría de impedir el avance de la Rusia estaliniana, pues su objetivo fue tan bélico como político. Alemania se hizo enseguida con el papel protagonista, de locomotora europea, y Angela Merkel lidera sin complejos el proyecto cabalístico de la Reconstrucción Económica. Sus detractores califican a la Canciller alemana de parsimoniosa a la hora de tomar sus decisiones; pero ella, tan meditabunda, llega siempre a tomar la decisión definitiva en el momento preciso, como ocurrió hace cinco años cuando la Unión Europea temblaba a causa de la invasión migratoria desde Oriente Medio. En menos de tres meses, pasó ella de combatir esa avalancha humana a dar acogida a más de un millón de refugiados sirios, iraquíes y afganos.

La codicia y la supremacía de la que hacen gala han arrastrado a algunos de los países de la Unión Europea que ejercen de paraísos fiscales camuflados (Holanda, Irlanda, Luxemburgo y Dinamarca) a levantar el bastión de una austeridad luterana para endurecer las condiciones de ayudas y créditos del BCE a sus socios sospechosos de despilfarro. Ese núcleo duro de la frugalidad asoció su voto secreto al de los países más pequeños de la U.E, y se dieron el gusto de derrotar en la elección de la presidencia del Eurogrupo a la candidata de los cuatro países con mayor peso económico.

Angela Merkel se enfrenta a una revolución velada en la Unión Europea, que deberá desembocar en el acuerdo de una deuda conjunta y compartida reforzando a la institución ahora quebrada. Asistimos a los primeros pasos de una travesía mecánica de la crisis y a una recuperación lenta que debe acelerar sin dilación la Canciller alemana. En su discurso ante el Parlamento Europeo, Angela Merkel confesó que escucha el “Himno a la Alegría” antes de hablar de Europa y tomar decisiones. Quizás encuentre en él la clave de la hermandad solidaria en beneficio de todos.

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